Inmersión

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Por: Maria Josefa Linde Estrella
15 de Mayo de 2012

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La Comisión Nacional del Mercado de Valores llama la atención sobre la «bajísima cultura financiera de los españoles». Opiniones de expertos (El País Negocios) insisten que «la educación contribuye a la estabilidad del sistema financiero» y dicen que la crisis «ha puesto de manifiesto algunas situaciones que posiblemente se hubieran podido mitigar». O sea, que se ha dispuesto de capacidad de inversión, pero a la vista de los resultados, no siempre se ha gestionado competentemente, y trasladan la solución al sistema educativo (piden una asignatura para la ESO).

Algo similar pasa con el mundo del trabajo. La Constitución reconoce la libertad de empresa y el papel de los sindicatos. Sin embargo, el imaginario social desconfía: así lo manifiestan las encuestas de opinión y en los estereotipos que manejamos sobre el papel de las instituciones sociales.

Sindicalistas y empresarios coinciden en considerar que los jóvenes suelen desconocer  los mecanismos básicos del mercado laboral (interpretar la nómina, el contrato de trabajo y el marco normativo de sus derechos y obligaciones), y en general, señalan que la negociación colectiva, la principal responsabilidad de los agentes sociales, se visibilizaba poco o mal. Resulta curioso, porque frente a la tópica imagen de confrontación, son infinitamente más los problemas (incluidos los de viabilidad) que se solucionan mediante el diálogo que los se materializan en conflicto.

Estas opiniones conducen a reflexionar sobre la necesidad de procesos de inmersión social de los jóvenes durante su formación para que puedan partir con alguna ventaja en el duro panorama que se les avecina: decidir una especialización productiva que encuentre encaje en la oferta de empleo, buscar trabajo y cuando lo hagan, consolidarse, o embarcarse en un proyecto empresarial.

Quizá los financieros se vean en la obligación de pedir una asignatura, aunque es difícil saber cuántos inversionistas saldrán de las aulas. En cuanto a sindicatos y empresas, los educadores lo tienen algo más fácil: los hay por todas partes. La comunidad educativa debe reclamar su experiencia. Quizá, en este caso el diálogo entre educación y mundo del trabajo tenga un alcance considerablemente mayor.



¿Quién innova?

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Por: Tomás Boyano Sanz
11 de Mayo de 2012

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Schumpeter, un economista del siglo XX, aseguraba que una persona innovadora no era necesariamente el empresario, el dueño del dinero o un técnico con numerosos títulos. Más bien era la que mostraba capacidad e iniciativa para introducir nuevos productos, nuevos procesos y nuevas formas de organización o para incorporarse a nuevos mercados. Son personas que aprovechan las oportunidades que otros no perciben o que crean oportunidades gracias a su propio arrojo e imaginación.

Desde el inicio de nuestro proceso de aprendizaje, las personas recibimos múltiples estímulos. Unas los procesan: elaboran, formulan y ponen en marcha. Sin embargo, a otras no les resultan tan interesantes y los dejan pasar. La capacidad de innovar se adquiere desde la cuna, interactuando con su entorno más próximo, buscando las mejores alternativas -las más eficientes y las que aportan mejores beneficios-.

Al tratarse de una actitud, se debe modelar desde el inicio como una materia transversal que debe estar presente en todos los procesos educativos. Una experiencia que debe fomentarse en todos los cursos. Un estilo en la que deben impregnarse todos los agentes educativos.

Innovar significa querer ir siempre más allá. Significa asumir que empeora todo lo que no mejora, que pisar charcos enriquece -no enfanga ni atemoriza-. Innova el maestro que enfoca su asignatura para que sus alumnos aprendan con él, antes que de él. Innova el alumno que no se contenta con memorizar lo que le muestran y se muestra crítico con lo que proponen. Innova el centro educativo cuando desarrolla proyectos que impliquen nuevos espacios de reflexión que estimulen a la comunidad educativa a mejorar sus procesos. Innova la asociación de padres con unas propuestas que buscan aumentar la cohesión y la participación de todos los agentes educativos. La innovación no nace de manera espontánea en las personas, más bien se aprende cuando se palpa en el ambiente, cuando se incentiva y se estimula.

En momentos críticos, innovar se nos antoja imprescindible, pero, mal que nos pese, no se improvisa ni se impone: aparecerá cuando esté presente desde el principio del proceso de socialización, es decir, de aprendizaje.



Desconexión

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Por: Miguel Ángel González Guzmán
5 de Mayo de 2012

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Es tal la presión y tanto tiempo llevamos ya desayunándonos con noticias catastróficas y tertulianos que se ven como jinetes del apocalipsis, es tal la nube que se ha instalado en el inconsciente colectivo... que así no se puede vivir. Mucho menos, crear, apostar por el futuro y emprender.

Es imposible rehacerse desde el pesimismo. Por eso, hace unas semanas tomé algunas decisiones:

1. En primerer lugar, "desengacharme" del pesimismo. Procuro no escuchar todo el día la radio y la tele, esperando la mala noticia del día. Por supuesto que quiero estar informado, pero lo hago de otra manera. Oígo las noticias solo un rato a primera hora, leo la prensa nacional por la tarde y la local, que es más suave y que sí me sirve por si me cruzo a alguien por la calle, a primera hora. 

2. En segundo lugar, he explotado (por fin) el tera del disco duro virtual y he cargado el móvil y el equipo de la oficina con mil o dos mil canciones. Conclusión: me he dado cuenta de que llevaba mucho tiempo sin oír música y que mi hija tiene un gusto estupendo.

3. He empezado un libro y no me angustio por acabarlo. Tengo otro esperando.

4. De vez en cuando, veo la tele y voy al cine.

No son medidas muy originales, pero entre preocupación y preocupación, noto que van volviendo algunas ideas, que recupero las ganas de trabajar y de seguir adelante. 


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